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untuales a la su cita las cigüeñas volvian a ocupar los sus nidos
en los nuestros campanarios, su presencia nos anunciaba que el invierno
estaba dando las bocadas, en la nuestra niñez las cigüeñas visitaban
cada mes varias veces las casas de nuestros pueblos, ¿os acordáis?, venían
de Paris y traían envueltas en la toquilla un rapaz ó una rapaza
rosnando que dejaban caer mimósamente por la chimenea hasta llegar a la
cuna, las cigüeñas en San Blas anunciaban la proximidad de la
primavera, nuestras ropas de abrigo se retirarían poco a poco, nuestros
juegos también cambiarían, la nuestra sangre se rebullia con la fuerza
propia de nuestra juventud y hacía que el viejo dicho español se
hiciese realidad, era verdad, la primavera la sangre altera, nosotros
por nuestra condición inquieta la tenianos siempre como la moto de
Antoliano, aquella Bultaco Tralla, nuestro ojos parecían aquellas
bolitas que intentábanos meter en aquellos bujerines, siempre dando
vueltas y buriando, como consecuencia de esta vigilia perenne habianos
guipao a los mozos con picos y palas, llegaban goteando como los
canalones de los tejaos después del chaparrón, pavoneándose por
delante de las mozas, parecían Gary Cúper en solo ante el Peligro, con
aquella cachaza, la pala parecía la escopeta, formaban
un corro detrás del trinquete frente a las escuelas y el cuartel, con
el fumarro en la mano esperaban la hora de marcharse polmedio de la vega
hasta los márgenes del rio Viejo.
Iban a la yera, esa yera especial que todos los años en primavera,
dende hacía mucho tiempo se repetía, los ahora mozos, en su día niños
y dende los mismos ventanales, vieron un corro parecido al que se
representaba a la nuestra vista, siendo ellos iguales que nosotros, era
la misma liturgia que año trás año aparecía, ellos cuando ocupaban
nuestros puestos esprimentaron el mismo baile de San Vito, andenantes
que nosotros, esos mozos iban a hacer los hoyos pa plantar los árboles,
chopos, en la nuestra tierra. Ya quedaba menos paqué nosotros estuviéranos
en el su lugar, pronto seríanos cochos y comerianos en pila, y esa era
una aspiración legítima y esperada con impaciencia por todos nosotros,
rapaces y rapazas.
Todo este dengue acabaría llevándonos al Plantio de los Niños, allí
en compañía de los nuestros padres, maestros, amigos, compañeros y
autoridades plantaríanos ese aprendiz de árbol que con el tiempo
formaría parte del plantio, quizás fuera el elegido pa ser el Mayo el
día del Cristo, con todos los telares que lleva aparejao de eleción,
tronzao,
trasporte, fijación, fiesta en torno a él, erguido como un vigilante y
mayoral de esos días a la puerta de la Ermita, en torno a él la
llamada y reunión de mozos y mozas nacidos el mismo año y remate final
pacabar siendo una viga dalguna casa nueva que daría abrigo y seguridad
a los sus moradores, puede que fuera el mismo quen su día plantó uno
de los miembros de esa casa.
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En las escuelas la atención a las nuestras obligaciones eran más
bien escasas, como consecuencia dello el negrillo aquellos días parecía
el gavilucho vuelando los campos segaos, buriando, cuando veía un ratón
ó una culebra, pabajo, igualico quel negrillo, las jícaras eran las
nuestras cabezas, en días como estos nos medía más de lo común,
igual medía el lomo quel piso alto, la ración de palos del año iba
por la metá, y los palos valen pala jubilación, aunque no coticen ni
te dén nada por ellos, así es que nosotros seguiános a lo nuestro,
haciendo correr la imaginación, las naranjas, la fiesta, el plante del
chopo, todos le habianos puesto las nuestras iniciales al del año
anterior, y sabianos donde estaban todos los que habiános plantao, allí
estaban hasta los de nuestros padres y madres, yo por más que miraba no
vería nada, no sé si es que por aquel entonces yo estaba más bien
esgumiao ó questaba con la berza, el caso es que yo no conocía los míos,
y el que me venía bien a mano ese y los demás eran los mios, allí por
supuesto no tenían ni iniciales ni leches en vinagre, ni los míos ni
ninguno, aunque andábanos todos con la cheira hiriéndolos.
Llegaba por fin el domingo y veianos los sacos de yute con naranjas,
y los planteles de chopos, alli estaban firmaos contra la pared de barro
del Ayuntamiento, nos daba una ulia aquellas naranjas, pensábanos dejar
la monda más fina qun papel de librito, y los titos los sembraríanos
en la güerta pa ver si conseguiános criarlas, pero quiá, éranos unos
fatines, no crecían, ¿como lo harían los puñeteros de los
valencianos pa tener tantas naranjas?, allí en la hila esperaríanos a
que nos dieran una, jóbar una naranja, que acabarían siendo dos,
intentábanos colarnos pero nos tenían calaos, nosotros que andábanos
en matería de fruta como las putas en cuaresma, acostumbraos a comer la
del tiempo roya y sobre todo lunera, que nos traía cada borrada que
parecíanos Paquito Chocolatero.
Dende la plaza nos iriános hasta el Rio Viejo, allí donde el río
hacía en mi niñez una regalga que nos permitía cruzarlo polmedio de
los cantos hasta y dende Altobar, igual que a los carros, si allí
debajo de aquellos cantos donde había unos cangrejos que cuando metías
debajo de la piedra los dedos podías encontrarte con una culebra,
aquellos cangrejos que ahora les dicen señal, y creo ques porquéntonces
si que te señalaban con sus pinzas delanteras, los mú puñeteros , la
procesión iba en hila cantando la canción del árbol, trochando pol
medio de aquellos caminos y pensando donde estaría el del año
anterior, ¿como sería?, ¿habría crecido?.
Todo el rapacerio acababa en el plantio, todos plantábanos nuestro
chopo, ya éranos unos amantes de la naturaleza, la repetábanos y
fomentábamos su crecimiento, ¿porqué se ha perdido esta costumbre en
la nuestra tierra?, el altruismo en el nuestro tiempo no hacía falta
que nos lo recordaran, se practicaba y se asumía, no sabianos como se
llamaba, lo hazíanos y que satisfación nos quedaba, ahí sigue el
Plantio de los Niños a pesar de nosotros.
VIVA
ALIJA Y LA GENTE CON CASTA |