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El Día de la Matanza 21/Diciembre/2006 - 17:16
     abía llegao San Martino, la cita ancá de mis tíos Juaco y Isolina había sido anunciada con antelación, ya quera necesaria la presencia de los más allegaos, había que matar el cocho y realizar todas las labores propias que ese día se manifestarían como un ritual ancestral en la nuestra tierra, lo que se sacara del gurrifu sería la base en la mayoría de todas las comidas del año, también sería un día de fiesta, pequeña, pero al fin y al cabo fiesta, con comida fuera del ordinario, pastas, aguardiente y muchas historias alrededor de la lumbre y hasta muy tarde, además no iríamos a la escuela.

     Yo que tenía pocas oportunidades de ir a las matanzas, en relación con mis hermanos que eran invitaos a las de sus padrinos, Mesín iba con el Alemán y Tanico con los Labradores, y yo como los mis padrinos, queso sí tenía dos, uno estaba en Barcelona y el otro no mataba, y en cuanto a mi madrina, pues como estaba en Verdenosa, aunque si me avisaba, no me dejaban ir, así es que estaba en clara desventaja en cuanto a mis hermanos, ¡¡uy........ con lo que a mi me gustaban estos telares!!

     El día salió nublao y frío, la noche anterior había llovido, lleguemos a hora temprana, el reloj de la Torre nos lo dijo, y empezemos los preparativos, el banco, las sogas, el cuchillo, el gancho, el caldero y el balde pa la sangre, que el cocho profiaría y lucharía por no entregarla hasta el último resuello de la su vida.

     En la cocina de horno estaba el fuego a todo trapo, chisporrotiando y allí colgao de las llares estaba la caldera, caldera que hasta ese día había sido la de cocer a los cochos y que hoy estaba llena de agua que hervía pacerle con ella los honores al condenao, también esa misma agua se utilizaría pa lavarse y pa todo lo que hiciera falta, estaría siempre encima del fuego con el agua suficiente, aunque hubiera que reponerla a calderaos. Estaría en su nivel se utilizara mucha o poca, siempre era mucha. Estas eran las labores de los rapaces, traer agua y leña pa que no faltara.

     El condenao ajeno a su suerte, retozaba en la pocilga, de seguro que oiría que aquella mañana había algo anormal en el corral, tantas voces... cuando llegó la jarca encargada de cumplir aquella sentencia que le venía impuesta desde que siendo un lechón había sido vendido (igual que José en Egipto) en Benavente un jueves cualquiera, se había pegao la vida padre, comer, engordar y dormir, solo había tenido un momento malo en la su vida, el día que llegó un señor con una cheira y lo dejó sin riles, lo había pasao mal unos días pero pronto había vuelto la normalidad, tenía a todo el mundo pendiente del, si le dolía la cabeza le hacían una tortilla de okales, la cama se la cambiaban todas las semanas, comía salvaos, remolacha, algunas veces hasta bellotas y aquellas patatas gorrineras, ¡¡pero si era un sibarita!!.

     ¿Porqué lo tratarían tan bien?, ¿sería por la voz de tenor que tenía cuando gruñía?, o ¿quizás porque era capaz de hacer un abono tan fértil que hacía que la producción donde era desparramao aumentara tanto?, era igual lo que fuera, el caso es que vivía como un rey, sí, esa era la palabra, como un rey, todos éramos sus vasallos y nos imponía su voluntad. Ahora debía rendir cuentas y le teníamos una hincha, uy que hincha, que lo espatarrariamos en el banco aguantando y sin cachaza, todo ello en contra de la su voluntad, había gruñidos por todo el pueblo, ¿que pasará?, pensaría el monarca.

     Esa mañana el tratamiento había cambiao, aquellos que formaban la jarca, le hablaban de forma irrespetuosa y amenazante, le tiraban de las orejas y de las patas, así es que debía defenderse reculando hasta el fondo de la pocilga, podía con todos y gruñendo a ver si había alguien que acudiera en ayuda a su llamada, ¿sería un rapto?, sí, sí, mis tíos, sus hermanos y mi padre nos dijeron a mi primo Nanín y a mí porque se resistía de forma levantisca y poderosa no pudiendo con él: ¡¡subiros encima del cocho, a ver si lo escadriláís y podemos sacarlo al corral, venga, ahora!!.

     Nosotros dos quéramos unos jijas, estuvimos prontos a las órdenes, queríamos agradar y de un brinco nos subimos a lomos del cocho, y así pasó.

     Allá que fuimos yo y mi primo encima del gurrifo, uno agarrao de las orejas y el otro del rabo y mira por donde se les escapó, y salimos de la pocilga después de haber atropellao a todos los que se encontró en su camino, los gruñidos parecían los acelerones del gas y como si montáramos una Montesa en día de gran premio en la corrida de La Bañeza, salimos escopetaos de la pocilga y nos dio un par de vueltas de reconocimiento por el corral a toda velocidad, los hombres echando juramentos y las mujeres echando ayes,....... que nos mata a los rapaces, parailo, parailo y el gurrifo que se recelaba que era un mal día pa el, dijo ¡¡sus vais a enterar!!, hasta que nos pasó lo mismo, lo mismico que a Antoliano (que a lo lo loco a lo loco, Antoliano cayó de la moto) y nos pegó una fincada de churrumorro en el muradal, que allí quedamos los dos medio abobecidos, pero no era el dolor físico lo que nos dolía, a partir dese momento ¡¡uy!! qué tirria le cogimos, él siguió trincando, nosotros salimos todo enfoscaos del muradal, hasta las gallinas nos picaron, todos se reían al ver que no nos habíamos quebrao nada, y después de un rato consiguieron por fin agarrarlo, y porque no estaba acostumbrao a correr azezaba hechando unas bocanadas de vapor por los hozicos como si estuviera la pota esprés haciendo el cocido, sino hubiera estao tan azezao, habría abierto la cancilla y se hubiera encerrao en la cocina, pero no pudo.

     Consiguieron por fin subirlo al banco y allí lo sujetaron, nosotros nos fuimos a la parte del  rabo, porque nos había herido en la moral y seríamos el comentario del día, y eso que estábamos mancaos pero lo que más nos doldría era el orgullo, desta guisa y bien sujeto el cocho, presentó su cabeza que salía de la punta del banco, no hacía más que gruñir y no acudía naide en su ayuda, pusieron un balde de cinc limpio, y mi tío Pedro arremangao le metió el cuchillo por las gorjas y por allí mesmo se le acabó la gasolina al Monteso, y aunque se resistió, pataleó y gruñó todo lo que pudo, quedó todo espatarrao encima del banco, pero tuvo tiempo aún de vengarse de todos nosotros y lo hizo a traición.

     Cuando creíamos que todo había acabao, el muy  cochino se borró entavía encima de nosotros, completando el enfosque que ya traíamos de antes, el mu marrano, dando las bocadas soltó la borralita y debió de decir, tomar la matrícula, tomar la matrícula,tomar la matrícula, tomar la matrícula, maricooooooooooooooooooooones GRRRRrrrrrrrrrrssssssssss, siendo esta su última acción en vida y nos volvió a tocar a nosotros dos, que estábamos en el rabo.

     Las mujeres se llevaron su sangre pa cocerla, empezó el cachondeo con nosotros y claro como habíamos cazao dos liebres, casi nos dieron ganas de meternos debajo de la cama pacerle compañía al orinal, pero allí nos quedamos los dos cuitadines. Los hombres pusieron unos mañizos de paja encima y empezaron a chamuscarle las cerdas, con unas tejas y unos cuchillos lo dejaron afeitao completamente y lo lavaron con agua caliente bien lavao, después lo escolingaron de las patas de atrás en una entera maestra que tenía una argolla y un dogal atao y lo dejaron boca abajo.

     Con un cuchillo bien afilao le abrieron la petrina y della comenzaron a salir las tripas que fueron puestas en unas talegas de mimbre, y el resto de sus saduras, nos dieron la vejiga pa que enredáramos con ella, después de hacer los recaos que teníamos asignaos, una vez vaciao y habiendo quedao el cocho en canal escolingao de la entera y con una lata vacía de escabeche puesta a la altura del morro pa que goteara allí sus restos de sangre, la altura debía ser la suficiente pa que los misines y misinas no hicieran de las suyas, que se habían dao cita en el corral los propios y los ajenos al oir los gruñidos en forma de concierto del finao, los gatos también estaban de matanza, pero estos se invitaban solos.

     Habiendo quedao todo bien ordenao y protegido, los hombres y mujeres se fueron al caño a lavar las tripas con las talegas y los chavales nos fuimos a la Plaza a casa de Don Marcelino, con un trozo de hígado, lengua y carne pa ver si estaba sana, había un miedo atroz a la triquina y no era cuestión de arriesgar la vida, allí estuvimos en los soportales enredando un rato, y por fin don Marcelino nos dio el Nihil Obstat, habemus cochus buenus. Viva la Matanza, nos fuimos corriendo al caño con la buena nueva y sería día grande.

     Inflemos la vejiga y estuvimos enredando en la torre al fúrgol, yo, mis primos y mis hermanos hasta que la pinchemos, los juegos continuaron, y llegó la hora de la comida, y después de la comida las historias, los juegos de cartas y la confraternidad, las mujeres fregaron los cacharros y empezaron los correos del zar a repartir los presentes, un trozo de hígado, sangre cocida y manteca, en un plato de porcelana tapao con un cernadero o una rodilla, éste se lo llevas ancá de ..................... éste ancá de ..................... éste ancá de ...................... éste ancá de .................... y así sucesivamente y se volvía con prontitud a la casa pero allí esperaba otro recao, hasta que por fin nos podíamos sentar cerca de la lumbre que estaba en el suelo, enredando con las brasas alguno te diría ¡¡ten cuidao questa noche te vas a mear en  la cama, deja la lumbre!!, otro ¡¡que te vas a encisnar, mira que sois profiaos!!. Contaban sus historias y hacían sus previsiones de futuro, llegaría la hora de la cena y se volvería a lo extraordinario, después volverían las historias, aquellas historias que a los ojos de nosotros los niños nos parecían maravillosas y fascinantes, nosotros que el viaje más largo que habíamos hecho era a La Bañeza o a Benavente, había que ver lo que sabían nuestros mayores.

     Por su parte el tenor finao pasaría la noche escolingando de la viga, su cuerpo se enfriaría lentamente y en los días sucesivos, sería descuartizado con habilidad y presteza, de allí saldría la carne pa hacer los chorizos, los lomos, los jamones, las paletillas, los tocinos que por ser nuevo sería exquisito de comer, los huesos que darían sabor a las comidas, se harían los chorizos, las androyas y se salarían los jamones y las paletillas, los lomos irían al conco y más tarde se escolingarían de las latas de las cocinas pa que se curaran, éste era el mejor árbol frutal que se conocía, daba de todo y se aprovechaba todo del. Sí, definitivamente era el Rey, y le habíamos hecho un 4 de Julio en Diciembre, tal vez Enero.

     Vendrían otros días en que habría que ir a picar la carne, adobarla y embudarla, se colgaría al humor de la cocina en las latas que la atravesaban y allí cogería toda la matanza su punto óptimo para ser consumida por toda la familia, estaría la cocina siempre bien cerrada de la presencia de intrusos de 4 y de 2 patas, se comprobaría periódicamente cómo se endurecían los chorizos, y cuando fuera su tiempo sin ser llamada acudiría a su cita la señora Cuaresma pa vigilarnos y se marcharía sin decir nada, todo esto vendría después, ahora había acabao la matanza, volveríamos a nuestros obligaciones diarias, pero lo habíamos pasao estupendamente, como siempre, y contaríamos a nuestros amigos las situaciones vividas y ellos nos contarían las suyas, seríamos todos partícipes de nuestras alegrías y también de nuestros sinsabores, habría más matanzas y nosotros iríamos a ellas.

     Todo era natural, todo era auténtico, somos afortunados de haber vivido aquellos tiempos, éramos felices con tan poco que palpábamos la felicidad con nuestras manos y no éramos conscientes dello, se aprecian las cosas cuando se pierden o no se pueden volver a vivir.

A mis amigos y compañeros de infancia que estamos ya en la segunda fila de la manifestación pa reemplazar a los que van en la primera:
salud, paz y bienestar.

AVIV ALIJA Y AL ETNEG NOC ATSAC

 

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