abía llegao San Martino, la cita ancá
de mis tíos Juaco y Isolina había sido anunciada con antelación, ya quera necesaria la
presencia de los más allegaos, había que matar el cocho y realizar
todas las labores propias que ese día se manifestarían como un ritual ancestral en la
nuestra tierra, lo que se sacara del gurrifu sería la base en
la mayoría de todas las comidas del año, también sería un día de fiesta, pequeña,
pero al fin y al cabo fiesta, con comida fuera del ordinario, pastas, aguardiente y muchas
historias alrededor de la lumbre y hasta muy tarde, además no iríamos a la escuela. Yo que tenía pocas
oportunidades de ir a las matanzas, en relación con mis hermanos que eran invitaos a las
de sus padrinos, Mesín iba con el Alemán y Tanico con los Labradores, y yo como los mis
padrinos, queso sí tenía dos, uno estaba en Barcelona y el otro no mataba,
y en cuanto a mi madrina, pues como estaba en Verdenosa, aunque si me avisaba, no me
dejaban ir, así es que estaba en clara desventaja en cuanto a mis hermanos,
¡¡uy........ con lo que a mi me gustaban estos telares!!
El día salió
nublao y frío, la noche anterior había llovido, lleguemos a hora
temprana, el reloj de la Torre nos lo dijo, y empezemos los preparativos,
el banco, las sogas, el cuchillo, el gancho, el caldero y el balde pa la sangre, que el
cocho profiaría y lucharía por no entregarla hasta el último resuello
de la su vida.
En la cocina de
horno estaba el fuego a todo trapo, chisporrotiando y allí colgao de las
llares estaba la caldera, caldera que hasta ese día
había sido la de cocer a los cochos y que hoy estaba llena de agua que
hervía pacerle con ella los honores al condenao, también esa misma agua
se utilizaría pa lavarse y pa todo lo que hiciera falta, estaría siempre encima del
fuego con el agua suficiente, aunque hubiera que reponerla a calderaos.
Estaría en su nivel se utilizara mucha o poca, siempre era mucha. Estas eran las labores
de los rapaces, traer agua y leña pa que no faltara.
El condenao
ajeno a su suerte, retozaba en la pocilga, de seguro que oiría que aquella mañana había
algo anormal en el corral, tantas voces... cuando llegó la jarca
encargada de cumplir aquella sentencia que le venía impuesta desde que siendo un lechón
había sido vendido (igual que José en Egipto) en Benavente un jueves cualquiera, se
había pegao la vida padre, comer, engordar y dormir, solo había tenido un momento malo
en la su vida, el día que llegó un señor con una cheira
y lo dejó sin riles, lo había pasao mal unos días pero pronto había
vuelto la normalidad, tenía a todo el mundo pendiente del, si le dolía la cabeza le
hacían una tortilla de okales, la cama se la cambiaban todas las
semanas, comía salvaos, remolacha, algunas veces hasta bellotas y
aquellas patatas gorrineras, ¡¡pero si era un sibarita!!.
¿Porqué lo
tratarían tan bien?, ¿sería por la voz de tenor que tenía cuando gruñía?, o
¿quizás porque era capaz de hacer un abono tan fértil que hacía que la producción
donde era desparramao aumentara tanto?, era igual lo que fuera, el caso
es que vivía como un rey, sí, esa era la palabra, como un rey, todos éramos sus
vasallos y nos imponía su voluntad. Ahora debía rendir cuentas y le teníamos una hincha,
uy que hincha, que lo espatarrariamos en el banco aguantando
y sin cachaza, todo ello en contra de la su voluntad,
había gruñidos por todo el pueblo, ¿que pasará?, pensaría el monarca.
Esa mañana el
tratamiento había cambiao, aquellos que formaban la jarca, le hablaban
de forma irrespetuosa y amenazante, le tiraban de las orejas y de las patas, así es que
debía defenderse reculando hasta el fondo de la pocilga, podía con
todos y gruñendo a ver si había alguien que acudiera en ayuda a su llamada, ¿sería un
rapto?, sí, sí, mis tíos, sus hermanos y mi padre nos dijeron a mi primo Nanín y a mí
porque se resistía de forma levantisca y poderosa no pudiendo con él: ¡¡subiros
encima del cocho, a ver si lo escadriláís y podemos
sacarlo al corral, venga, ahora!!.
Nosotros dos quéramos
unos jijas, estuvimos prontos a las órdenes, queríamos agradar y de un brinco
nos subimos a lomos del cocho, y así pasó.
Allá que fuimos
yo y mi primo encima del gurrifo, uno agarrao
de las orejas y el otro del rabo y mira por donde se les escapó, y salimos de la pocilga
después de haber atropellao a todos los que se encontró en su camino, los gruñidos
parecían los acelerones del gas y como si montáramos una Montesa en día de gran premio
en la corrida de La Bañeza, salimos escopetaos de la pocilga
y nos dio un par de vueltas de reconocimiento por el corral a toda velocidad, los hombres
echando juramentos y las mujeres echando ayes,....... que nos mata a los
rapaces, parailo, parailo y el gurrifo que se recelaba
que era un mal día pa el, dijo ¡¡sus vais a enterar!!, hasta que
nos pasó lo mismo, lo mismico que a Antoliano (que a lo lo
loco a lo loco, Antoliano cayó de la moto) y nos pegó una fincada
de churrumorro en el muradal, que allí quedamos los dos
medio abobecidos, pero no era el dolor físico lo que nos dolía, a
partir dese momento ¡¡uy!! qué tirria le cogimos, él
siguió trincando, nosotros salimos todo enfoscaos del muradal,
hasta las gallinas nos picaron, todos se reían al ver que no nos habíamos quebrao
nada, y después de un rato consiguieron por fin agarrarlo, y porque no estaba
acostumbrao a correr azezaba hechando unas bocanadas de vapor por
los hozicos como si estuviera la pota esprés haciendo
el cocido, sino hubiera estao tan azezao, habría abierto la cancilla
y se hubiera encerrao en la cocina, pero no pudo.
Consiguieron por
fin subirlo al banco y allí lo sujetaron, nosotros nos fuimos a la parte del rabo,
porque nos había herido en la moral y seríamos el comentario del día, y eso que
estábamos mancaos pero lo que más nos doldría era el
orgullo, desta guisa y bien sujeto el cocho, presentó su cabeza que
salía de la punta del banco, no hacía más que gruñir y no acudía naide
en su ayuda, pusieron un balde de cinc limpio, y mi tío
Pedro arremangao le metió el cuchillo por las gorjas y por allí mesmo
se le acabó la gasolina al Monteso, y aunque se resistió, pataleó y gruñó todo lo que
pudo, quedó todo espatarrao encima del banco, pero tuvo tiempo
aún de vengarse de todos nosotros y lo hizo a traición. |
Cuando creíamos que todo había acabao, el
muy cochino se borró entavía encima de nosotros, completando el enfosque
que ya traíamos de antes, el mu marrano, dando las bocadas soltó
la borralita y debió de decir, tomar la matrícula, tomar la
matrícula,tomar la matrícula, tomar la matrícula, maricooooooooooooooooooooones
GRRRRrrrrrrrrrrssssssssss, siendo esta su última acción en vida y nos volvió a
tocar a nosotros dos, que estábamos en el rabo. Las mujeres se llevaron su sangre pa cocerla,
empezó el cachondeo con nosotros y claro como habíamos cazao dos liebres,
casi nos dieron ganas de meternos debajo de la cama pacerle compañía al orinal, pero
allí nos quedamos los dos cuitadines. Los hombres pusieron unos mañizos
de paja encima y empezaron a chamuscarle las cerdas, con unas tejas
y unos cuchillos lo dejaron afeitao completamente y lo lavaron con agua caliente bien
lavao, después lo escolingaron de las patas de atrás en una entera
maestra que tenía una argolla y un dogal
atao y lo dejaron boca abajo.
Con un cuchillo
bien afilao le abrieron la petrina y della comenzaron a salir las tripas
que fueron puestas en unas talegas de mimbre, y el resto de sus saduras,
nos dieron la vejiga pa que enredáramos con ella, después de hacer
los recaos que teníamos asignaos, una vez vaciao y habiendo
quedao el cocho en canal escolingao de la entera y
con una lata vacía de escabeche puesta a la altura del morro pa que goteara allí
sus restos de sangre, la altura debía ser la suficiente pa que los misines y
misinas no hicieran de las suyas, que se habían dao cita en el corral los
propios y los ajenos al oir los gruñidos en forma de concierto del finao,
los gatos también estaban de matanza, pero estos se invitaban solos.
Habiendo quedao
todo bien ordenao y protegido, los hombres y mujeres se fueron al caño a lavar las tripas
con las talegas y los chavales nos fuimos a la Plaza a casa de Don
Marcelino, con un trozo de hígado, lengua y carne pa ver si estaba sana, había un miedo
atroz a la triquina y no era cuestión de arriesgar la vida, allí estuvimos en los
soportales enredando un rato, y por fin don Marcelino nos dio el Nihil
Obstat, habemus cochus buenus. Viva la Matanza, nos fuimos corriendo al
caño con la buena nueva y sería día grande.
Inflemos la
vejiga y estuvimos enredando en la torre al fúrgol, yo,
mis primos y mis hermanos hasta que la pinchemos, los juegos
continuaron, y llegó la hora de la comida, y después de la comida las historias, los
juegos de cartas y la confraternidad, las mujeres fregaron los cacharros y empezaron los
correos del zar a repartir los presentes, un trozo de hígado, sangre cocida y manteca, en
un plato de porcelana tapao con un cernadero o una rodilla,
éste se lo llevas ancá de ..................... éste ancá de
..................... éste ancá de ...................... éste ancá
de .................... y así sucesivamente y se volvía con prontitud a la casa
pero allí esperaba otro recao, hasta que por fin nos podíamos sentar
cerca de la lumbre que estaba en el suelo, enredando con las brasas
alguno te diría ¡¡ten cuidao questa noche te vas a mear en la cama,
deja la lumbre!!, otro ¡¡que te vas a encisnar, mira que sois
profiaos!!. Contaban sus historias y hacían sus previsiones de futuro,
llegaría la hora de la cena y se volvería a lo extraordinario, después volverían las
historias, aquellas historias que a los ojos de nosotros los niños nos parecían
maravillosas y fascinantes, nosotros que el viaje más largo que habíamos hecho era a La
Bañeza o a Benavente, había que ver lo que sabían nuestros mayores.
Por su parte el tenor
finao pasaría la noche escolingando de la viga, su cuerpo se
enfriaría lentamente y en los días sucesivos, sería descuartizado con habilidad y
presteza, de allí saldría la carne pa hacer los chorizos, los lomos, los jamones, las
paletillas, los tocinos que por ser nuevo sería exquisito de comer, los huesos que
darían sabor a las comidas, se harían los chorizos, las androyas y se salarían los
jamones y las paletillas, los lomos irían al conco y más tarde se escolingarían
de las latas de las cocinas pa que se curaran, éste era
el mejor árbol frutal que se conocía, daba de todo y se aprovechaba todo del. Sí,
definitivamente era el Rey, y le habíamos hecho un 4 de Julio en Diciembre, tal vez
Enero.
Vendrían otros
días en que habría que ir a picar la carne, adobarla y embudarla, se
colgaría al humor de la cocina en las latas que la
atravesaban y allí cogería toda la matanza su punto óptimo para ser consumida por toda
la familia, estaría la cocina siempre bien cerrada de la presencia de intrusos de 4 y de
2 patas, se comprobaría periódicamente cómo se endurecían los chorizos, y cuando fuera
su tiempo sin ser llamada acudiría a su cita la señora Cuaresma pa vigilarnos y se
marcharía sin decir nada, todo esto vendría después, ahora había acabao la matanza,
volveríamos a nuestros obligaciones diarias, pero lo habíamos pasao estupendamente,
como siempre, y contaríamos a nuestros amigos las situaciones vividas y ellos nos
contarían las suyas, seríamos todos partícipes de nuestras alegrías y también de
nuestros sinsabores, habría más matanzas y nosotros iríamos a ellas.
Todo era
natural, todo era auténtico, somos afortunados de haber vivido aquellos tiempos, éramos
felices con tan poco que palpábamos la felicidad con nuestras manos y no éramos
conscientes dello, se aprecian las cosas cuando se pierden o no se pueden volver a vivir.
A mis amigos y compañeros
de infancia que estamos ya en la segunda fila de la manifestación pa reemplazar a los que
van en la primera:
salud, paz y bienestar.
AVIV ALIJA Y AL
ETNEG NOC ATSAC |